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Noticias de El Salvador - ContraPunto

Octubre 22 / 2014

San Salvador y el sexo

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Crónica de un recorrido por las zonas erógenas de San Salvador.  

Por Hugo Sánchez

Fotografía: Luis Velásquez

La ciudad se está  desmoronando, no puede durar mucho más; su tiempo ha pasado.

Es demasiado vieja.

Le Corbusier

Vamos a darnos indiscriminadamente a todo lo que sugieren nuestras pasiones, y siempre seremos felices.

Marqués de Sade 
 

SAN SALVADOR- En la ciudad de San Salvador se erigen monumentos de una época que se consideró pletórica para la historia patriótica de este raquítico país; ilustres personajes castrenses, ángeles coronados con laurel, profetas y santos. Pero a los pies de esas estatuas también se tambalea una ciudad vieja y enferma, que además de caos ofrece sexo al mejor postor o simplemente al que tenga un par de billetes dispuestos a gastar.

El centro de San Salvador posee una buena cantidad de templos religiosos. Solo las iglesias católicas rondan la decena; los salones de templos protestantes son inmensamente más numerosos. Pero los prostíbulos, barra shows, hospedajes, moteles, cines pornográficos, salas de belleza de doble fondo, zonas rojas y vendedoras de sexo ocasional en las principales calles de la ciudad, están a la mano, sin necesidad que caiga el sol.

Al cine, sin familia

Llegando al Centro Histórico de San Salvador, en las inmediaciones de la Calle Delgado, al norte del Parque Libertad, entre reguetones insulsos que hablan de sexo duro, sin amor y con lujuria, se encuentra un edificio rodeado de ventas informales que en su fallada principal dice “Metro”, un cine dedicado a la exhibición de películas para mayores de 21 años.

“Nuevo doble para mayores de 21 años”, se podía leer en los periódicos, hace un par de años, donde además anunciaban que la permanencia es voluntaria.

El cine es pequeño. Para entrar hay que subir unas 25 gradas, a la izquierda del edificio hay una cervecería y unas “maquinitas”. El lugar parece solo, los empleados son distantes, visten camisas rojas. En las vitrinas se observan afiches de películas no muy recientes, quizás de unos cinco años atrás, pero todas son hollywoodenses. En otra pared, cerca de la taquilla, se pueden ver un par de rótulos hechos a mano, con pésima caligrafía, que anuncian las películas “XXX”.

Pago el uno cincuenta de dólar que me exigen de entrada, no sé si es el precio habitual, pero resulta que es miércoles, día de cine barato en las principales cadenas de cines, y posiblemente acá aplique esa política para atraer más clientes.

La sala está a oscuras, como debe de ser, pero en el ambiente ronda un olor raro, como a lejía, quizás es el olor del sexo añejo, guardado y mezclado con sudor.

Me siento en penúltima fila, muy cerca de la puerta de salida, no hay muchas personas en la sala, a los sumo unas 10 diseminadas en todo el recinto. Hay dos parejas, que por lo que permite ver la poca luz, hacen más que solo ver la película, seguramente en sus rostros se dibuja un rictus de lujuria y placer, parece ser que no son parejas heterosexuales.

A mi derecha se encuentran otros dos tipos, separados por unas dos filas; uno de ellos, el que está más lejos, casi al centro de la sala, se está masturbando ostensiblemente. El otro parece tranquilo, pero nunca se sabe.

En la gran pantalla aparecen dos mujeres con un hombre, que como dirían “está bien dotado”, las mujeres sin depilar, a la vieja usanza, la película aparenta ser de mediados de los noventa, solo se ve la carne batirse en vaivén, de gemidos exagerados, sudoraciones desmedidas, pero ¿quién no ha visto una película pornográfica? Las descripciones detalladas están de más.

De repente, de un lugar que no me percaté, salió una mujer. Las fachas de la misma no daban lugar a prejuicios, ellas lo decían todo. Tenía minifalda, un gran escote que dejaba ver sus senos acuosos. El maquillaje excesivo, era de facciones mongólicas, la piel curtida y sudorosa, el cabello desgreñado, un poco regordeta, la blusa además le dejaba salir la panza saltona.

Se dirigió directamente hacia mí. Pensé que sería más ceremoniosa, pero la propuesta fue directa y de golpe.

-Si me das un dólar te la chupo, si quieres coger págame cinco y vamos al baño de mujeres-, la cercanía fue suficiente como para poder ver su mirada perdida, la expresión dibujaba un poco de enfado, tenía un tic nervioso en el pómulo izquierdo, se veía ansiosa; quizás por conseguir el dinero para darse otra dosis de la droga que la pone a volar.

Le hice ver que no me interesaban sus servicios y sin más se marchó a donde uno de los tipos que estaban a mi derecha. Con uno de ellos tuvo éxito. La mujer se puso en cuclillas y puso manos a la obra.

No les seguí mirando, pues quería darles un poco de privacidad, que ellos a todas luces desdeñaban y soslayaban.

La curiosidad comenzó a corroerme. Acá el sexo oral era el plato fuerte entonces ¿Qué sería en los baños? Me puse en pie y decidí correr el riesgo.

Bajé la pequeña pendiente que hay en la sala, hasta llegar al medio. De ahí giré a la izquierda, la luz de los sanitarios era opaca, pestañeaba constantemente, como en las películas. El lugar olía literalmente a mierda, lo supe incluso antes de llegar a la puerta.

No alcancé a entrar cuando vi a dos tipos parados, cerca de un lavamanos medio estropeado, me miraron de pies a cabeza, intuí inmediatamente que eran homosexuales que se prostituían en el lugar.

-¿Quieres dar o que te den?-, preguntó uno de cabellera larga y cejas delineadas.

-Solo venía a echar la araña-, le respondí ipso facto

-¡Ah! Dale, no hay problema corazón-, me dijo el mismo tipo con voz amanerada.

Pero en el instante sentí que se abrió un abismo entre mi persona y el mingitorio, el miedo a ser sodomizado por esos tipos, que no eran ningunos alfeñiques, y sobre todo que me superaban en número, así que me di media vuelta y me marché. Había tenido suficiente por ese día.

Los cines dedicados a la exhibición de películas para adultos en San Salvador han sido varios a través de los años, pero la mayoría ha tenido que cerrar. En esa mítica lista se encuentran el cine México, Izalco, Central, Paris y los que aún funcionan el cine Metro y el Universal.

***

De nuevo en las principales calles de San Salvador me dirijo hacia la que lleva el nombre del llamado “príncipe de las letras castellanas”, Rubén Darío. Voy específicamente a la zona ubicada entre la 9ª y 11ª Avenida Sur, cerca del Parque Bolívar. Pero antes doy un pequeño recorrido por los ríos de personas que se aglomeran en torno a las ventas en dicha calle.

Ahora voy flotando por el río; gente, desorden, suciedad, ruido, automóviles; todo el caos, que a pesar de los esfuerzo cosméticos de la municipalidad no deja de existir, me hacen llegar a una conclusión: San Salvador no es la ciudad más fea del mundo, ni la más sucia, desordenada, maloliente; en definitiva no lo es, pero hay que reconocer el esfuerzo que hace cada día para serlo.

Inicio mi búsqueda por la zona de la calle Arce, donde antes se encontrabanhugo2 grandes ventas de películas piratas, y en efecto cerca de allí en pequeños puestos sobrevivientes aún venden películas pornográficas.

Hay para todos los gustos; sexo entre heterosexuales, sexo entre homosexuales, incluso sexo con animales. Pero me he lanzado a la búsqueda de la variante pornográfica más lamentable que pueda existir: la pornografía infantil.

Llegando cerca del hospital Para Vida, existen unos pequeños establecimientos informales donde comercializan con películas piratas, pero son lo que se conoce como “de doble fondo”; a simple vista se observan las películas para todo público, aunque sean violentas y presenten sangre en demasía, aunque nunca como en El Salvador.

Los puestos poseen una angosta puerta a la izquierda, que da a un espacio un poco más amplio, digamos que los puestos de madera forman una especie de “L”. En el espacio oculto, aparecen nuevamente los grandes falos y las vaginas al descubierto.

-¿De niños?-, le digo al vendedor, ya en el pasadizo secreto.

-Pero de esa valen cinco más-, me dice, no sin antes dudar en responder. Las películas normales cuestan un dólar, las pornográficas tienen un precio de dos dólares.

-Dale, quiero verlas-, me trae tres en sus respectivas cajas, pero ninguna tiene portada -¿Me podés probar alguna?-, le indago.

-Neles, compradre-, me dice guardándolas en una caja de cartón que está en el piso -Vender estas ondas es prohibido, los chuchos nos joden por las de viejas, pero por las de morras nos pueden jalar al bote-, dice con voz de víctima.

-Entonces no-, le digo y me marcho del lugar.

Me dirijo dos puestos después para hacer la misma búsqueda, en efecto encontré, pero pasa lo mismo.

-Ya no preguntes por estas ondas más abajo que nadie te va a vender-, me dice. Todo señala que ya se pasaron “la bola”, y prefiero desistir de mi búsqueda; pero he comprobado que en el Centro de San Salvador se comercializa pornografía infantil, solo que los vendedores son muy cautelosos.

San Salvador es una ciudad a medio hundir y medio podrida, aunque siempre he creído que lo podredumbre es un estado absoluto.

Guía de zonas rojas

En San Salvador existen tres zonas rojas plenamente identificadas; primero “El Zurita”, bajando nuevamente por la calle Rubén Darío, después del Parque Libertad, hasta llegar a la Avenida Cervantes, se llega a esta zona de “placeres carnales”.

El lugar es dominado por las pandillas, principalmente por las que circundan “El Hoyo”, que en realidad se llama Comunidad Tinetti. Los lupanares de esa zona están mayoritariamente llenos de travestís que visten microfaldas transparentes que dejan a la luz el “provocativo” hilo dental de costumbre. Usan medias, tacones muy altos, maquillaje excesivo y cabelleras teñidas.

Otro lugar, “La Avenida”, sobre la Avenida Independencia, muy cerca de la fábrica de cerveza “diarreica”, como diría Moya. El panorama es similar: pandilleros, travestís, bolos tirados en la calle sin un centavo encima, hombres que se pasan buena parte del día observando a las damas. A diferencia de “El Zurita”, acá sobreviven varias mujeres.

La peculiaridad de este lugar es que se encuentran prostíbulos colectivos, que es lo más tradicional, o individuales, donde las mujeres alquilan pequeños cuartos a la orilla de la calle donde no cabe más que una cama y una silla. La tarifa varía en ambas zonas, pero va desde los ocho dólares, si se es cliente pueden bajar hasta a seis.

“El centenario”, es la otra zona roja, a orillas del parque Centenario, y el escenario es calcado de los otros dos. Es menester mencionar que han existido otras zonas como el Barrio Modelo, que tenia gran auge a finales de los años ochenta y mediados de los noventa.

El mecanismo es sencillo; llega el cliente, si gusta bebe alguna cerveza, mira el panorama, decide quién le gusta, entabla la negociación, llega a un acuerdo con la ofertante. Se pude optar por pagar por anticipado el servicio o al finalizar, depende del establecimiento, aunque la mayoría de clientes prefieren pagar al terminar, como dicen, “músico pagado no toca buen son”.

En los prostíbulos colectivos las mujeres pagan entre un dólar y uno cincuenta por el uso de las habitaciones, además ahí compran el preservativo y papel higiénico.

hugo3También se puede encontrar otra gama de sexo-servidoras en las inmediaciones de la Plaza Morazán, el Parque Libertad, la Plaza Barrios; en las cercanías del mercado Sagrado Corazón y cerca del mítico ex cine Paris, ese lugar para los amantes de las mujeres de piel arrugada por las décadas de arduo trabajo.

La única diferencia es que con estas damas el encuentro se realiza en un motel u hospedaje y el pago del mismo corre por cuenta del cliente. Al igual que las “niñas” que se encuentran en las principales calles de San Salvador durante la noche, ejemplo de ello es el Paseo General Escalón, donde al ponerse el sol, las paradas de buses son tomadas por las mujeres para ofrecer sus servicios de placer.

El tiempo se mide por unidades llamadas “ratos”, cuando la dueña o encargada del establecimiento considera que ya ha pasado el “rato” golpea las puertas anunciando que se ha acabado el tiempo y que si siguen tendrán que pagar otro “rato”. El llamado “rato” no está forzosamente equiparado con el tiempo que al cliente le toma llegar al clímax.

También existe la modalidad conocida como “noche” o “salida”, en la que un comensal puede llevarse a una chica a su casa o a un hospedaje a pasar toda la noche, en esta forma el cliente paga 10 dólares al establecimiento para que pueda salir la chica, el resto depende de la negociación directa entre la mujer y el cliente.

Pero la modalidad que está tomando auge en los últimos años es la de las salas de belleza de doble fondo; la clave para identificar estos lugares es el ofrecimiento de masajes relajantes, que cuestan unos seis o siete dólares, la mayoría se encuentran sobre la calle Schafik Handal, cerca del edificio donde estuvo un matutino de distribución nacional.

***

“No es por ganas”

Las miré con todos los prejuicios del mundo, la sala de belleza está ubicada sobre la calle que lleva el nombre del líder revolucionario. El sitio es de madera, color verde menta. El local parece pequeño pero al fondo se ve la puerta que lleva al salón de masajes.

Son tres chicas, la más bonita, tiene un aire de altanería que no me agrada, no sería fácil hablar con ella, así que escojo a la de ojos tristes. Mide cerca de un metro sesenta; es morena, maquillada como para un carnaval, viste jeans ajustadísimos, es de complexión delgada, caderas angostas, muslos delgados, y pies bien cuidados. Aparece el fetiche de los pies.

La llamo a la entrada, -¿Das buenos masajes?-, le pregunto en voz baja, -Sí, hago cosas mejores-, dice con una mueca de seducción mal lograda.

-te pagó lo del masaje, y si me interesa algo más adentro hacemos el trato-, mascullo.

-Okey-, dice mientras me indica que la siga.

El lugar es pequeño, apenas cabe la cama, una mesa y un perchero para colgar la ropa.-¿el masaje lo das en la cama?- le inquiero; -Sí, así aprovechamos para coger rico-, otra vez asoma esa rictus de cuasi-seducción muy de telenovela.

Ella se llamaba, Maritza (nombre de guerra), su historia básicamente es así: A la edad de 16 años su padre la violó, resulto encinta por los encuentros forzosos. Su madre no creyó la historia y la desterró de su casa. Se refugió en la casa de una amiga que vivía sola, no abortó a su hijo, que ahora tiene siete años.

Trabaja prostituyéndose en este lugar desde hace año y  medio, anteriormente había estado en un nigth club ubicado en el barrio San Jacinto, un lugar llamado “Macarena”, donde además de bailar desnuda se prostituía. En varias ocasiones ha sido golpeada por clientes ebrios que han querido penetrarla sin pagar lo debido, y peor aun, sin protección. Desde entonces no trabaja con hombres ebrios.

-Todos estos cabrones piensan que una por ganas lo hace. No es por ganas, es por necesidad-, dice, mientras se posa frente a mí, en encaje y piel.

Nunca terminó la educación básica, la desesperanza es su credo, los hombres sus demonios y su hijo es su dios.

Me voy dejándola en paños menores, al calor de la conversación se fue quitando la ropa, pensando que querría el servicio completo. Dejo el dinero suficiente para pagar lo no tomado, y me retiro con un poco de pesadumbre sobre los hombros y desasosiego en la mente.

***

San Salvador es tierra de nadie, escenario de las desigualdades que vive el país, o en otras palabras, como diría Roque Dalton*: “Tierra enferma por la mucha calor y humedad que en ella hay, de que suelen causar grandes calenturas y otros males pestilenciales, mosquitos de cuatro géneros que de día desasosiegan y enfadan y en la noche no dejan dormir, muchas moscas y avispas de diferentes géneros, malas y venenosas que picando hacen ronchas y si las rascan, llagan”

“Hay alacranes y unos gusanos peludos que con cualquier cosa que de su cuerpo tocan emponzoñan y hasta a veces matan”.

*Paisaje y Hombres; Historias prohibidas del Pulgarcito, publicado en 1974.

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