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Noticias de El Salvador - ContraPunto

Abril 16 / 2014

El mundo ya no es digno de la palabra…

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Ante el asesinato de su hijo, el poeta mexicano Javier Sicilia lanza un grito de indignación y dolor que es el de miles de padres y madres  

Por Fernando de Dios

SAN SALVADOR “¡Por tantos crímenes, por tantos inocentes caídos, vamos a las calles a exigirles a estos hijos de la chingada que le paren al crimen organizado y a estos cabrones del gobierno que respondan! ¡Eso es lo que tenemos que hacer!”

Esta es la prosa desgarrada de un poeta que siente que ya no sirven los versos para reflejar la dolorosa realidad que vive su país, y que le alcanzó a él en primera persona, en plena línea de flotación.

Tal y como cuenta el corresponsal en México del periódico español El País, Pablo Ordaz, el dolor de este padre es el dolor de una sociedad desgarrada por la violencia atroz, atrapada entre dos fuegos atizados desde el Estado y el crimen organizado en una guerra sin sentido.

Así lo cuenta Pablo Ordaz en su blog:

Hace unos días, siete jóvenes fueron torturados y asesinados cerca de la bella ciudad de Cuernavaca, a menos de cien kilómetros al sur del Distrito Federal.

En principio, solo siete jóvenes más que unir a los 35.000 fallecidos violentamente en México desde que Felipe Calderón llegó a la presidencia de la República a finales de 2006 y declaró una guerra sin cuartel al crimen organizado.

A esos 35.000 muertos, de los que 9.000 aún están sin identificar, hay que unir las más de 5.000 personas que, según la Comisión Nacional de Derechos Humanos, están desaparecidas. Muertos sin nombre, muertos sin justicia, muertos sin tumba ni memoria ni piedad porque muchos de ellos, además, son muertos sospechosos.

No en vano el Gobierno de Calderón y sus intelectuales en nómina hicieron correr la especie –cada vez más cuestionada por la realidad— de que la inmensa mayoría de los caídos son sicarios asesinados por otros sicarios.

Pero resulta que los siete jóvenes torturados y asfixiados hace unos días muy cerca de la bella ciudad de Cuernavaca sí tenían nombre. Y uno de ellos, además, se llamaba Juan Francisco Sicilia, tenía 24 años, una sólida formación, y era hijo del poeta Javier Sicilia, quien recibió la brutal noticia en Filipinas. En el avión de regreso, escribió un poema dedicado a su hijo:

 

El mundo ya no es digno de la palabra

Nos la ahogaron adentro

Como te asfixiaron

Como te desgarraron a ti los pulmones

Y el dolor no se me aparta

Sólo queda un mundo

Por el silencio de los justos

Sólo por tu silencio y por mi silencio, Juanelo.

 

Al llegar a México, Javier Sicilia lo leyó en público, rodeado de amigos, en el zócalo de Cuernavaca. Luego, anunció: “Es mi último poema. No puedo escribir más poesía. La poesía ya no existe en mí”.

Dicen los que lo conocen que el poeta Javier Sicilia es un tipo extraordinario, que enseguida se percató de que su dolor –recogido por los medios gracias a su notoriedad pública— es también el dolor anónimo de miles de padres mexicanos que no solo tienen que llorar a sus hijos muertos, sino también velar por su honor y buscar una justicia improbable (el 98% de los delitos queda impune).

Así que, haciendo de tripas corazón, el poeta ha hablado por todos: “Estamos cansados, muy dolidos. Cada muchacho que se está muriendo ya se está volviendo el hijo de cada uno de los seres de esta nación. El corazón de México está podrido por la violencia criminal…”.

El miércoles, a las cinco de la tarde, una manifestación recorrerá el centro de la ciudad de México desde la explanada de Bellas Artes hasta el Zócalo. Por Juan Francisco. Por sus seis compañeros de infortunio, por los 35.000 mexicanos que en cuatro años han perdido la vida violentamente, por los 5.000 que siguen desaparecidos y por los que día a día –en la violenta frontera norte pero también en ciudades tan bellas y hasta ahora tan pacíficas como Cuernavaca— pierden la vida inútilmente.

Se acabó la poesía. Es hora de escuchar lo que Javier Sicilia tiene que decir en la prosa rota de su dolor: “Estamos destruyendo lo mejor de nuestra gente, de nuestros muchachos, los que tienen escasas posibilidades y son gentes de bien y los que no tienen oportunidades y están siendo carne de reclutamiento de los carteles”.

Se acabó la poesía. Es hora de escuchar lo que Javier Sicilia tiene que proponerle a otros padres tan rotos como él: “Le pido a cada uno de los que han perdido un hijo que no ceje, que nos unamos con los grupos de solidaridad, con los amigos, con los que están luchando, para que esto no vuelva a suceder”.

Estamos hasta la madre

Javier Sicilia está dispuesto a que la muerte de su hijo y los amigos de éste sirva para despertar a una sociedad narcotizada por el miedo y el discurso del pensamiento único impuesto desde el poder político, económico y mediático.

“Si no nos unimos ahorita y salimos cada vez más ciudadanos y decimos “ya basta”, no vamos a poder forzar a nuestras autoridades a que cumplan lo que tienen que cumplir, que es hacer justicia” dijo en una rueda de prensa.

Y reiteró que “ya no queremos más muertos. En este sentido es competencia de la ciudadanía, no en torno a ningún pinche candidato, es en torno a nosotros mismos. Esos cabrones tienen que dar cuentas a la ciudadanía, y ese es nuestro trabajo”.

Esta comparecencia se puede ver en el siguiente enlace:

http://www.youtube.com/watch?v=ANlmyIoDX_Q&feature=player_embedded

Tras estas declaraciones, el poeta dirigió una carta abierta “a lo políticos y a los criminales” en la que ordenó sus ideas y sus exigencias, todo ello con un encabezamiento muy ilustrativo:

Estamos hasta la madre... (Carta abierta a los políticos y a los criminales)

Javier Sicilia

El brutal asesinato de mi hijo Juan Francisco, de Julio César Romero Jaime, de Luis Antonio Romero Jaime y de Gabriel Anejo Escalera, se suma a los de tantos otros muchachos y muchachas que han sido igualmente asesinados a lo largo y ancho del país a causa no sólo de la guerra desatada por el gobierno de Calderón contra el crimen organizado, sino del pudrimiento del corazón que se ha apoderado de la mal llamada clase política y de la clase criminal, que ha roto sus códigos de honor.

No quiero, en esta carta, hablarles de las virtudes de mi hijo, que eran inmensas, ni de las de los otros muchachos que vi florecer a su lado, estudiando, jugando, amando, creciendo, para servir, como tantos otros muchachos, a este país que ustedes han desgarrado. Hablar de ello no serviría más que para conmover lo que ya de por sí conmueve el corazón de la ciudadanía hasta la indignación. No quiero tampoco hablar del dolor de mi familia y de la familia de cada uno de los muchachos destruidos. Para ese dolor no hay palabras –sólo la poesía puede acercarse un poco a él, y ustedes no saben de poesía –. Lo que hoy quiero decirles desde esas vidas mutiladas, desde ese dolor que carece de nombre porque es fruto de lo que no pertenece a la naturaleza –la muerte de un hijo es siempre antinatural y por ello carece de nombre: entonces no se es huérfano ni viudo, se es simple y dolorosamente nada –, desde esas vidas mutiladas, repito, desde ese sufrimiento, desde la indignación que esas muertes han provocado, es simplemente que estamos hasta la madre.

Estamos hasta la madre de ustedes, políticos –y cuando digo políticos no me refiero a ninguno en particular, sino a una buena parte de ustedes, incluyendo a quienes componen los partidos – porque en sus luchas por el poder han desgarrado el tejido de la nación, porque en medio de esta guerra mal planteada, mal hecha, mal dirigida, de esta guerra que ha puesto al país en estado de emergencia, han sido incapaces –a causa de sus mezquindades, de sus pugnas, de su miserable grilla, de su lucha por el poder – de crear los consensos que la nación necesita para encontrar la unidad sin la cual este país no tendrá salida; estamos hasta la madre, porque la corrupción de las instituciones judiciales genera la complicidad con el crimen y la impunidad para cometerlo; porque, en medio de esa corrupción que muestra el fracaso del Estado, cada ciudadano de este país ha sido reducido a lo que el filósofo Giorgio Agamben llamó, con palabra griega, zoe: la vida no protegida, la vida de un animal, de un ser que puede ser violentado, secuestrado, vejado y asesinado impunemente; estamos hasta la madre porque sólo tienen imaginación para la violencia, para las armas, para el insulto y, con ello, un profundo desprecio por la educación, la cultura y las oportunidades de trabajo honrado y bueno, que es lo que hace a las buenas naciones; estamos hasta la madre porque esa corta imaginación está permitiendo que nuestros muchachos, nuestros hijos, no sólo sean asesinados sino, después, criminalizados, vueltos falsamente culpables para satisfacer el ánimo de esa imaginación; estamos hasta la madre porque otra parte de nuestros muchachos, a causa de la ausencia de un buen plan de gobierno, no tienen oportunidades para educarse, para encontrar un trabajo digno y, arrojados a las periferias, son posibles reclutas para el crimen organizado y la violencia; estamos hasta la madre porque a causa de todo ello la ciudadanía ha perdido confianza en sus gobernantes, en sus policías, en su Ejército, y tiene miedo y dolor; estamos hasta la madre porque lo único que les importa, además de un poder impotente que sólo sirve para administrar la desgracia, es el dinero, el fomento de la competencia, de su pinche “competitividad” y del consumo desmesurado, que son otros nombres de la violencia.

De ustedes, criminales, estamos hasta la madre, de su violencia, de su pérdida de honorabilidad, de su crueldad, de su sinsentido.

Antiguamente ustedes tenían códigos de honor. No eran tan crueles en sus ajustes de cuentas y no tocaban ni a los ciudadanos ni a sus familias. Ahora ya no distinguen. Su violencia ya no puede ser nombrada porque ni siquiera, como el dolor y el sufrimiento que provocan, tiene un nombre y un sentido. Han perdido incluso la dignidad para matar. Se han vuelto cobardes como los miserables Sonderkommandos nazis que asesinaban sin ningún sentido de lo humano a niños, muchachos, muchachas, mujeres, hombres y ancianos, es decir, inocentes. Estamos hasta la madre porque su violencia se ha vuelto infrahumana, no animal –los animales no hacen lo que ustedes hacen –, sino subhumana, demoníaca, imbécil. Estamos hasta la madre porque en su afán de poder y de enriquecimiento humillan a nuestros hijos y los destrozan y producen miedo y espanto.

(…) No hay vida, escribía Albert Camus, sin persuasión y sin paz, y la historia del México de hoy sólo conoce la intimidación, el sufrimiento, la desconfianza y el temor de que un día otro hijo o hija de alguna otra familia sea envilecido y masacrado, sólo conoce que lo que ustedes nos piden es que la muerte, como ya está sucediendo hoy, se convierta en un asunto de estadística y de administración al que todos debemos acostumbrarnos.

Porque no queremos eso, el próximo miércoles saldremos a la calle; porque no queremos un muchacho más, un hijo nuestro, asesinado, las redes ciudadanas de Morelos están convocando a una unidad nacional ciudadana que debemos mantener viva para romper el miedo y el aislamiento que la incapacidad de ustedes, “señores” políticos, y la crueldad de ustedes, “señores” criminales, nos quieren meter en el cuerpo y en el alma.

Recuerdo, en este sentido, unos versos de Bertolt Brecht cuando el horror del nazismo, es decir, el horror de la instalación del crimen en la vida cotidiana de una nación, se anunciaba: “Un día vinieron por los negros y no dije nada; otro día vinieron por los judíos y no dije nada; un día llegaron por mí (o por un hijo mío) y no tuve nada que decir”. Hoy, después de tantos crímenes soportados, cuando el cuerpo destrozado de mi hijo y de sus amigos ha hecho movilizarse de nuevo a la ciudadanía y a los medios, debemos hablar con nuestros cuerpos, con nuestro caminar, con nuestro grito de indignación para que los versos de Brecht no se hagan una realidad en nuestro país.

Además opino que hay que devolverle la dignidad a esta nación.

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