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Noticias de El Salvador - ContraPunto

Octubre 22 / 2014

Israel Ticas: El abogado de los muertos

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Texto y fotografía Tomás Andréu

Una jornada con el criminalista forense Israel Ticas, voz del silencio de los muertos, víctimas de la violencia que golpea a El Salvador. 

 

SAN SALVADOR – En el ombligo de 2010, ya van más de dos mil homicidios en este país salpicado por la violencia. La mayoría de ellos quedan sepultados en la impunidad y los archivos de la burocracia del Estado. En el doble silencio en el que viven los muertos de El Salvador (el de la muerte natural y la impunidad) hay un hombre que habla con ellos y con su trágico final: Israel Ticas.

 

En el cantón Guaycume, municipio de Tonacatepeque, norte de San Salvador, tres cadáveres fueron encontrados recientemente en un cementerio clandestino. Los restos llevaban más de un mes de estar sepultados. La exhumación llevó cuatro días. Llegar hasta ellos, limpiar hasta la perfección los restos, rescatar la evidencia, recrear mentalmente los últimos hechos son tareas que pasan por el único forense criminalista del país, un hombre de baja estatura, moreno-tostado por el sol con una idiosincrasia muy salvadoreña: el humor y chispa a flor de piel que tiene el privilegio de conversar con los muertos, entenderlos y volverse vocero de sus derechos.

 

Con sombrero y gafas oscuras, “el ingeniero Ticas” como le llaman sus compañeros de trabajo, se abre paso por los recovecos que encuentra en su vehículo por el bulevar Constitución y la carretera que conduce a Quezaltepeque. Echa un vistazo a los retrovisores y acelera para llegar a su destino.

 

En Guaycume, Tonacatepeque, ContraPunto fue testigo de la última etapa de la exhumación de tres cadáveres que realizó el forense Ticas. Con estos tres, lleva ya 362 en su haber. En su oficio, ha participado en crímenes que han sacudido a la sociedad salvadoreña. Se ha especializado en África, España y Costa Rica. Ha sido asesor para los países de Guatemala, Nicaragua. Es capacitador de escenas de crímenes, de fiscales y un largo etcétera profesional.

 

Llegar al cementerio clandestino toma su trabajo. Es necesario atravesar el río Guaycume, seguir luego una senda cuesta arriba, resbaladiza por la lluvia. Ahí está el cementerio clandestino.

 

Ticas inicia su jornada. Recubre sus manos con un doble par de guantes, resguarda su pelo y se introduce en un traje blanco y se coloca una especie de casco que le permitirá respirar sin inhalar el vaho de la putrefacción. Entra al lugar donde están los restos, una excavación de unos cuatro metros de profundidad y de unos cinco metros de ancho. Antes en esa loma, la hierba, el monte y el relieve de la zona servían de cruz y epitafio a los cadáveres que ahí se encontraban.

 

Los cuerpos están cubiertos con un plástico negro, mismo que servirá de techo para la jornada.

 

“El sol acelera la putrefacción”,  dice Ticas a quienes lo observan desde lo alto de la lomita con cara de náusea.

 

El criminalista e investigador forense conoce muy bien en qué lugar pueden encontrarse restos humanos. Hiere el perímetro: olfatea, analiza la textura y color de la tierra. Las irregularidades del suelo le dicen que en las entrañas hay víctimas de la violencia que azota el territorio salvadoreño.

 

Acordona la zona. Traza líneas con el objetivo de llegar a los restos sin maltratarlos, sin moverlos ni un ápice. Sabe que la identidad del asesino está junto a las víctimas. Reconstruye la acción del mortal final: Lee la escena del crimen para determinar quién fue asesinado primero, quién sepultado por último, si fueron enterrados con vida o asesinados.

 

Desde un trabajo multidisciplinario, Ticas echa mano de la arquitectura, la antropología, ingeniería, arqueología, así construye su zona de trabajo. No deja detalle alguno, piensa en los desagües en caso de lluvia, en espacios donde pueda utilizar una pala y una piocha libremente. Así él logra saber qué pasó antes, durante y después de la muerte. Descifra los eslabones que intervinieron entre la víctima y el victimario.

 

Las autoridades de investigación, con el arte de Ticas, podrán encontrar pistas sobre lo ocurrido y podrán respaldar los testimonios de posibles testigos que presenciaron o supieron de los hechos. Así, la justicia queda en las manos de un solo hombre quien traza la línea de investigación.

 

 

¿Cómo surgió en usted llegar a ser un criminalista forense y dónde aprendió sus conocimientos sobre el tema?

Algunas técnicas las aprendí en Sudáfrica, otras es una reingeniería de otras técnicas. La he fusionado y he hecho ensayos hasta irme perfeccionando. He visto vacíos tanto de los antropólogos, de los técnicos del laboratorio, de los médicos forenses que vienen a hacer el levantamiento, aun de los fiscales, del resultado de la investigación [por tal razón] he ido investigando un montón de cosas. La investigación forense la realizo desde 2005. Como criminalista y dedicado a las escenas del crimen, desde 1989. Me gusta trabajar con cadáveres. He visto la necesidad que hay en el país y he visto los grandes vacíos y la poca importancia que le dan a la prueba científica en el país.

 

Mientras habla, sigue concentrado en su trabajo, golpea la tierra, limpia y poco a poco devela las partes del cadáver. A su vez, deja descansar partes del cuerpo sobre columnas de tierra. De esa forma permite, desde cualquier ángulo, poder apreciar la escena de investigación.

 

¿Cómo se siente al saber, que a pesar de su esfuerzo, no se le otorgue importancia a la investigación científica?  

Duele. Me siento mal cuando veo que hacen una excavación a la brava. No se tardan ni una hora en hacerlas cuando hay escenas ricas en evidencias.

 

Desde el lado amable de su posición ¿cómo se siente al ser el único salvadoreño especializado para este tipo de casos?

Me siento incapaz, impotente. Deseo multiplicarme. Quisiera tener el poder para decir “yo no voy a dejar ese cuerpo ahí”, pero estoy regido a lo que las jefaturas digan. Me duele la verdad, porque no son restos de animales los que están sepultados. Son personas que tienen familias vivas que los están buscando, que no pueden dormir pensando en sus hijos, esposas, y que les gustaría darles cristiana sepultura, darles justicia. Yo veo más lo humano [trabajar con cadáveres]. He convivido con mucha gente que ha perdido sus familiares y me siento impotente al no poderlos encontrar. Hay entre 700 y 900 personas desaparecidas y yo quisiera estar en todos los lugares donde la gente me dijera “aquí hay un cuerpo enterrado”. Es feo, me siento amarrado.

 

Usted trabaja con las huellas de la violencia y la muerte ¿Qué significa para usted la muerte?

La muerte es un soplo… [Ticas deja de trabajar y se acerca. Deja ver sus ojos a través del vidrio de su casco empañado. Su voz ahogada, ahora de cerca suena fuerte. Mira fijo. Su actitud confiesa lo que realmente son para él los muertos] Respeto a estos cuerpos. Puede verlos como materia, pero ellos tienen derecho. Fueron personas y siguen siendo personas. Merecen respeto. No deberíamos decir [cómo él ha escuchado] “son unos podridos”. Ellos son seres humanos y tienen su historia. Ellos no quisieron terminar así [él palmea la cadera de uno de los cuerpos que están ahí, en esa fosa clandestina y prosigue]. Si te das cuenta, tengo que limpiarlos bien, tengo que dejarlos nítidos, porque ellos se merecen respeto. Hay familiares que los enterrarán, que les darán santa sepultura. A nadie le gustaría terminar así, en una loma a la orilla de un río.  Si te das cuenta, aquí hay una cadena de disciplinas con un único objetivo: defender y reconstruir la escena del crimen sin alterar absolutamente nada. ¿Mirás esto? [señala una bolsa de cal] Eso es evidencia. Aquí está la identidad de los hechores. Aquí hay huellas, evidencia. Pero aquí solo se preocupan por reconocer a las víctimas, pero ¿quién lo hizo?, a eso no se le está dando el valor que se le debe de dar. Llevo tres días [en la exhumación] y si es posible sigo mañana. Pero yo quiero que esto quede bien, primero, porque ellos merecen respeto, segundo, merecen una buena investigación.   

 

Ticas mira hacia atrás. Con un una sonrisa, trata de justificar lo que hace o puede parecer ridículo para otro:

 

Yo hablo con los muertos. Ella [una de las víctimas, la mujer, probablemente la madre, que quedó sobre las espaldas de quien se presume es su hijo] me está diciendo cuánto sufrió. Las expresiones de sus manos, su posición, su pie… Todo me está diciendo cuánto sufrió ella.

 

 

Tan incómoda como las moscas que pululan en la zona, es la filosofía profesional de Ticas para el resto de sus colegas y compañeros. Algunos ven innecesario pasar tantos días en la exhumación de un cadáver. Chascarrillo o verdad indirecta, mientras él trabaja se escucha el revoloteo de unas frases a lo lejos: “Ya lo van a demandar por los grandes hoyos que deja”. “Yo no me tardaría tanto tiempo” dice otra voz, y añade “Yo dium solo los metiera a la bolsa”.

 

El mediodía y los pequeños remolinos de brisa esparcen el olor de la putrefacción. El hombrecillo de traje blanco, como de astronauta, sale de la fosa. Todos lo miran mientras él avanza hacia ellos. Se quita un par de guantes, se quita el casco, abre el traje para darse aire, pero él parece salido de un cruel aguacero.

 

-¿Cree que salimos hoy ingeniero?, increpa una voz al fondo.

 - Sí hombre, dice Ticas, mientras se empina un trago de Coca Cola.

 

Mirá –le dice al fiscal asignado al caso—, entre los cadáveres está una jovencita. El “bloomer” (ropa interior) lo tiene hasta las rodillas. Podríamos estar ante una violación. Es necesario girar la orden para que el laboratorio haga pruebas. Ahí podría haber semen. Estamos dejando vacío eso [la investigación científica] solo por el simple hecho de decir “no aceptamos cosas putrefactas, vienen contaminadas”.

 

Una de las premisas del laboratorio donde irán a parar las evidencias, es no ingresar nada pútrido.

 

El debate es interrumpido. Un agente de la Policía Nacional Civil (PNC) se mueve sigilosamente en posición de alerta. Se separa del grupo que hablaba con Ticas. Corre con otro de sus compañeros camino abajo. Un supuesto miembro de pandillas se acercó a la fosa clandestina, pero escapó de los policías. La distancia y la desventaja geográfica en la que se encontraban los uniformados, le facilitaron el escape.

 

“El ingeniero” engulle su almuerzo cerca de la zona de trabajo. No es quisquilloso con el fétido olor que emana de la fosa ni con las moscas que giran sobre su cuerpo y alimentos, de hecho, sentado sobre la hierba seca, disfruta su ración de comida, que, paradójicamente, incluye un animal muerto: pollo, arroz, tortillas y refresco.

 

Luego del almuerzo, de hidratarse, se va de nuevo a quienes se debe. Retoma su jornada con el mismo ritmo que inició cuando ContraPunto llegó a la escena. Aplica con esmero sus conocimientos: golpea la masa de tierra que aprisiona las partes del cuerpo, limpia los escombros que se despeñan y pulverizan. Sacude en zigzag, sopla. Los restos quedan poco a poco abiertos a la luz.  

 

¿En qué ocupa sus días de descanso?

Si hay cadáveres, trabajo sábado y domingo, si no, me sigo especializando. Estoy estudiando un diplomado en antropología forense… Ando viendo cómo hago para ver cómo voy a otro país a especializarme. Mi escuela y universidad, la verdad, han sido el campo. La verdadera universidad está en el campo. Cada exhumación que hago es algo nuevo que aprendo.

 

Estoy pidiendo apoyo a las universidades, para ver si la gente que estudia antropología, derecho, medicina tiene espacio para venir a ayudarme y pues, si no son tan delicados, que vengan porque me gustaría hacer una nueva generación experta en todo esto. Con médicos forenses y policías he tenidos problemas porque a ellos les gusta todo a la carrera. Yo les digo que no solo es identificar el cuerpo, es identificar al hechor. Soy investigador forense, criminalista. 

 

Ticas se acerca a la etapa final de su labor. Limpia cuidadosamente los cadáveres, se acerca mucho, aguza el ojo, limpia de nuevo. Mira cada parte de los cuerpos desde distintos ángulos. Quizás habla con los muertos, quizás trata de evitar la escena mortal, quizás interroga a los asesinos. O se mete en los zapatos de ellos.

 

La tarde cae con amenazas de lluvia. Los encargados de Medicina Legal brillan por su ausencia. La reconstrucción gráfica de cómo fueron lanzados los cadáveres a la fosa clandestina ha terminado. La evidencia está intacta: bolsas de cal, ropa, un lazo que rodea los cuellos de dos de las víctimas. El lenguaje corporal crea una fuerte hipótesis: fueron lanzados con vida. La posición de las  manos atestigua la lucha por aferrarse a la vida. Los dedos arañando la tierra, anclándose a un terrón de tierra muestran la lucha entre el más aquí con el más allá.

 

Puede parecerle tonta la pregunta, pero ¿cómo se siente al final de su jornada que tiene que ver con tragedia, luto y escenas dantescas?

Cuando yo cumplo mi objetivo, cuando dejo la escena sin que se me mueva alguna parte de algún cuerpo, me siento satisfecho… si se me mueve alguna pieza, un brazo, yo me siento mal.

 

Me siento satisfecho. Sé que estos cuerpos no quedarán enterrados acá. Los he tratado con respeto, como personas que son. Para mí es una satisfacción. Lastimosamente se ve el grado de tortura que tuvieron al morir. No te puedo decir que soy insensible al dolor. El mundo es violento, pero tiene que haber alguien que haga esto y por eso trato de hacerlo bien siempre.

 

Mi  objetivo es documentar todo esto [la escena del crimen] con fotografías, video. Con esto los investigadores tendrán una mayor perspectiva, mayor margen de acción. Ese fue mi objetivo, trabajar bastante, observar los hechos, preservar la escena del crimen y hacer un análisis de lo que pudo haber sucedido: quién murió antes, después, quién sufrió tortura, quién no. Si te das cuenta, los muertos están hablando: este me está diciendo “yo fui asesinado primero, a mí me estrangularon, yo fui puyado [lesión de arma blanca] Yo fui lanzado primero, aquel fue segundo”.

 

Mirá, hay familiares que me llaman por teléfono y me preguntan: “Ingeniero, ¿ya encontró a mi hija? Me dicen, ingeniero no puede vivir con esta angustia, con esta agonía, quiero saber si mi esposa, mi hija está muerta. Ingeniero aunque sea los huesos sáqueme por favor”. Entonces yo me digo que tengo un compromiso con esa gente. Quisiera tener magia y meterme por aquí, por allá en la tierra y sacar a toda la gente.

 

A Ticas le tiemblan los ojos detrás del casco empañado. Lo sabe y empieza a recoger sus herramientas, las hace sonar una con otra. Él empieza a cantar.

 

Ticas sale de la fosa. Su trabajo, si cabe la palabra, parece una obra de arte de un escultor en la que converge la información, las preguntas que ahogan las respuestas, que fustigan el pasado, el presente y el futuro: ¿cómo llegamos a esto? ¿Podremos remediarlo algún día?

 

Medicina Legal aparece tarde, cuando la noche asomó sus uñas, ellos se hicieron presentes. La médico encargada se rehusaba a bajar hasta donde estaban los restos. Ordenó, desde donde se encontraba, que se metieran los cadáveres en las bolsas, pero eso no gustó al fiscal asignado al caso. Al final,  la mujer llegó hasta la fosa.

 

¿Qué pasa por su mente cuándo ha realizado un trabajo de muchos días y en el que pone mucho esmero, pero de pronto todo termina en una bolsa, como quien guarda piezas de un juego?

Me siento, así te lo digo: frustrado. Pensé que dirían “qué buen trabajo. Vamos a ver qué tipo de ropa tiene, qué tipo de lesiones”, lastimosamente no es así. Pero la satisfacción queda. (Esta fosa) Ha sido de las fosas más grandes que he trabajado, casi partí una loma. Mezclé ingeniería básica, acupuntura, escultura y antropología forense y arqueología, que es la que más me ayuda para llegar a los cuerpos de manera eficaz.

 

La médico de Medicina Legal aparece de nuevo. Salió de la fosa lo que tarda un cigarro en consumirse una vez encendido. Ticas se sube a su vehículo, su faena del día ha terminado.

 

La voz de la médico se escucha atrás: “Quedaron bonitos”.

 

El abogado de los muertos [VIDEO]

 

 

 

 

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