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Noticias de El Salvador - ContraPunto

Agosto 28 / 2014

La invención de lo popular. Pedro Pablo Castillo (1814) y la independencia salvadoreña

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Por Rafael Lara-Martínez

 

DESDE COMALA SIEMPRE… Al publicar su Apreciación de la independencia salvadoreña (UES, 1974), Alejandro Dagoberto Marroquín valoriza a Pedro Pablo Castillo (¿1780-1817?) como “hombre de pueblo”, “rudo [en su] lenguaje” pero con una determinación política férrea.  La reseña del “movimiento del 24 de enero de 1814” ocupa unas seis páginas de su trabajo histórico (71-77).  Su centro de gravedad  demuestra cómo “los criollos continuaron su táctica de desviar o traicionar el movimiento popular”.  Para este cometido, Marroquín coloca a Castillo como figura central de una “toma popular de la ciudad”. 

“Poco a poco”, esta acción inédita del pueblo la traicionan “los criollos” quienes “se retiran del cuartel de operaciones” y “penetra[n] entre las masas indomesticas [con el objetivo de] fomentar en ellas la desmoralización y el derrotismo”.   El liderazgo de lo popular oscilaría de Castillo, su “encarnación”, hacia el “enemigo” de clase del pueblo, su “dirigente último”. 

Para justificar una interpretación acertada, Marroquín cita los famosos Procesos de infidencias (García, 1940), que enjuician a los próceres luego de la revuelta de 1814.  En particular las palabras de Manuel José Arce (1787-1847) provienen de las páginas veinte y veinte y uno (21-22) de los citados procesos contra los próceres. 

De esa manera, el antropólogo e historiador demuestra que su reconstrucción de los hechos no deriva de su propia ilusión política de izquierda.  Esta perspectiva vindicaría una posición popular frente a otra reaccionaria y aristocrática como la de los criollos o la de los próceres reconocidos.  Su interpretación la valida la documentación primaria y las declaraciones mismas de Arce. 

La consulta directa de los originales significaría un paso decisivo hacia una historia científica sobre la defensa del mismo personaje popular que lleva a cabo Roque Dalton en El Salvador (monografía) (1963/1965 y ediciones posteriores), de manera más ideológica y partidista.  Si Dalton admite que sus fuentes primarias no son las del siglo XIX, sino un “trabajo aparecido en el órgano teórico del Partido Comunista Salvadoreño en diciembre de 1962”(48), Marroquín subsana la omisión al revisar los documentos originales. 

Con una actitud más mitigada, el rescate de Castillo lo anticipan escritores de posición política contrapuesta tal cual Rafael V. Castro (Páginas históricas, 1911 y Próceres, 1911 (incluye 1814, Informe del Intendente)), Alberto Luna (Peinado, s/f y 1971), Adolfo Rubio Melhado (Próceres, 1959), Miguel Ángel Durán (Delgado, 1961) y Francisco Peccorini Letona (La voluntad del pueblo, 1972).  Salvo por Peccorini Letona que sanciona el proceder de Castillo, los demás se acuerdan en elogiar sus acciones.  “La falta de estrategia de Castillo malgastó lamentablemente el pujante heroísmo de nuestro pueblo” (1972, p. 61).  De derecha a izquierda, Castillo representaría la conciencia del pueblo desenvolviéndose en proceso paulatino hacia su independencia final.

I.  El problema historiográfico

Sin embargo, al adentrarse en la reconstrucción de Marroquín sobre los eventos de 1814, surge una disparidad entre el dictamen particular y la magnitud de los datos primarios de los cuales sus citas se vuelven bastante selectivas.  El rigor historiográfico lo traicionan los detalles que una interpretación retiene para ofrecer un simulacro coherente del pasado. 

Por ejemplo si el “movimiento” se organizara de manera “espontánea”, más que culpar a los criollos, sería posible concebir que el pueblo se dispersa por los mismos motivos involuntarios que lo congregan.  De tal manera, Marroquín cuestionaría su propio argumento sobre el pueblo alzado bajo la tutela de un líder de su propia extracción. 

Pero al optar por la idea de un movimiento organizado, el historiador oscila entre una doble dirigencia y autoría de la revuelta.  “La popular figura de un mestizo [quien] encarna el formidable empuje de las masas”, la de Castillo, la destituye “el prestigio [que] tenían los criollos”.  El movimiento popular carecería de cabecilla de su propia estirpe y su acción histórica singular la dirigen sus “enemigos de clase”.  La convocatoria a alzarse por la independencia le corresponde a Castillo; la de retirarse sin logro de autonomía inmediata a Arce.

En esta paradoja —un movimiento popular que responde a la voluntad criolla opresora vs. lo espontáneo— la omisión de datos primarios resulta más flagrante para la “apreciación” selectiva que Marroquín restituye del pasado.  El historiador acalla dos agudas controversias alrededor del semblante de Castillo: una personal, el duelo que sostuvo el prócer contra el jefe militar del partido de Zacatecoluca, José Gregorio  Zaldaña, y otra colectiva, las implicaciones íntegras de su liderazgo en enero de 1814. 

Esta doble faceta conflictiva —individual y social— se anuda alrededor de la figura del intendente de San Salvador, José María Peinado.  La pugna directa con la autoridad colonial distinguiría a Castillo de otros próceres insignes —en particular de José Matías Delgado (1767-1932)— quienes cultivan una amistad íntima con Peinado, como si funcionario español y patriotas republicanos pertenecieran a una misma red intelectual (véase más abajo, IV.  1.).   Este “careo” personal con el Intendente de San Salvador obliga a  que Castillo emigre de Centro América y se refugie en la isla de Jamaica hasta su muerte en 1817.  Al presente se desconoce el paradero de sus restos; el lugar de su sepultura queda en el olvido.

I.  1.  Del duelo personal…

Con respecto a la pugna que lo opone al oficial realista español, ningún historiador cita la fuente primaria que fundamenta el relato de los hechos.  Algunos le atribuyen el exilio a ese “duelo frontal” pero olvidan señalar que la fecha del incidente ocurrió tres años antes (Lardé y Arthés, 1936, p. 235).  Quien aclara el lugar exacto —la hacienda “Miraflores”— tampoco menciona la fecha (Salazar, 1952, p. 7). 

El escritor que precisa el evento —1811 en la referida propiedad— lo califica de crimen horrendo con “el agravante de alevosía y nocturnidad” (Molina y Morales, 1985, p. 184; citado por Turcios, 1995, p. 176, pero de manera neutra).  Esta censura deniega el juicio valorativo de fuentes anteriores que califican el suceso de “duelo frontal” y, con mayor aprobación, de “lucha franca y leal […] noble lid” (Lardé y Arthés, 1936, p. 235 y Castro, 1911, p. 89 y 1971). 

La ambigüedad de la figura de Castillo no podría ser más contradictoria.  Se halla sujeta a una valoración múltiple y polémica, de héroe a traidor. A la vez, resulta poco verosímil la correlación directa entre la contienda armada con Zaldaña en 1811 y el exilio posterior de 1814, al participar como cabecilla de la revuelta fallida.  En efecto, Castillo obtiene indulto por el duelo y luego investidura oficial de alcalde segundo de San Salvador.  En breve, se descubrirá su conflicto personal con el intendente Peinado como verdadero motivo de su huída.  

I.  2.  …A la revuelta social

En segundo lugar, entre las facetas más notables que se mencionan sobre 1814 se hallan los siguientes pormenores, que la más notable historiografía —Marroquín, entre otros— acalla con frecuencia: amenazas contra los miembros de ciertos barrios si no se sublevan, compra monetaria de quienes se rebelen, ultimátum por degollar a reos enemigos, proyectos de expropiación, saqueo y reparto inmediato de bienes y moneda en caso de triunfo, ante todo “la tienda de los Otondos”, ofrecimiento de cargos públicos entre los participantes, embriaguez generalizada a la hora del levantamiento y borrachera sacrílega del propio Castillo quien se robó el vino “para celebrar el Santo Sacrificio” de la parroquia de “Sn. Franco.” antes de “confirm[ar] su sentencia [de] verdugo de” Peinado, trasfondo étnico que opone negros, mulatos, indios y ladinos contra criollos y europeos, en otras versiones peninsulares y monárquicos utilizan a “los africanos” para que defiendan su causa, “quitar[les] las armas, y las cabesas” a los enemigos, a “voluntarios y blancos”, al igual que plan de ocupar “a las mugeres” de los vencidos “de molenderas”, llamado a la revuelta por repique de campanas sin respuesta popular y, por último, la repentina desaparición de Castillo luego de aconsejarle a “la gente del tumulto […] que no corrieran peligro” (García, 1940, p. 235.  Este mismo autor acentúa la cuestión sexual al referir la “denuncia [del] incesto” contra monárquicos y defensores del orden colonial en el estribillo independentista: “ciudadanos del Tabor/digan con grande alegría,/que muera Inés y Gertrudis/I el pérfido Rentería” (1952, p. 255-256); el anuncio de dispersión niega la participación de Arce como motivo único). 

En qué medida estas acciones conjuntas manifiestan lo popular es algo que se revela en seguida (véase también Peinado, 1814, en Próceres, 1911, p. 106-110).  Por el momento, baste señalar que la misma página veintidós de los procesos de infidencia en la cual Arce confiesa “aquietar, contener y disponer a la tranquilidad” —la cita de Marroquín— valora la participación de la población de “negros” a favor también de la misma causa anti-motín. 

Si a Marroquín se le juzga fundador de una antropología científica e historiador de corte marxista, esta rígida racionalidad excluye todo legado africano de la nación salvadoreña y de lo popular.  A la exaltación de las infidencias —“si quinientos negros hubiera de la calidad tuya  ¿ha Negro!”— la ciencia marxista responde con el camuflaje de su acción e impacto cultural.  La población negra no deja “mayores rastros en la conformación somática” del salvadoreño ni en el orden social (García, 1940, p. 22, 273 (“clase de mulatos”), 276; Marroquín, 1974, p. 18).  Para construir una imagen homogénea del pueblo salvadoreño y de la revuelta de 1814, Marroquín debe acallar las facetas relevantes que caracterizan el propio alzamiento, así como la existencia de la diversidad étnica nacional.   

II.  Del careo personal con Peinado…

Se presta a la elucubración histórica determinar cuáles de esas acciones revolucionarias las prevén las juntas de próceres que se organizaron en casa de los padres Aguilar, Delgado, etc., y cuáles responden a decisiones estratégicas de última hora (Monterey, 1943-1977, p. 35).  Más complejo resultaría establecer la veracidad o disimulo de tales aserciones acusatorias, en su mayoría.  Si la imagen de Castillo oscila entre duelo justo y crimen alevoso, su tutela política fluctúa entre cabecilla popular y dirigente impulsivo, falto de tacto ante un festival popular carnavalesco.

Más allá del conflicto de posiciones políticas entre el alcalde segundo y el intendente de San Salvador, la correspondencia de Peinado revela una confrontación personal que difícilmente se ofrecería al indulto como se les otorga a los demás próceres implicados: los Aguilar, Arce, Rodríguez, etc.  Tal cual lo declara Peinado “Enero 27 de 1814”, “Castillo despachó ordenes circulares á toda la jurisdiccion, y aun fuera de ella para que no se obedeciesen mis orns. ni las de mi Asesor, y se tapasen todos los caminos para que nadie escapase” (Tzunpame, 1941, p. 64). 

A este desacato de infidencia se añade una tentativa justiciera de crimen directo.  Castillo actuaría como homicida y Peinado de víctima.  La declaración anterior prosigue así:

Hecho esto se proclamó la muerte de todos los voluntarios y blancos, reservando mi persona Castillo para ser el verdugo de ella […] los Ministros del Altar, los Templos, Dios mismos existente en ellos: nada ha sido respetado— El Alcalde Castillo para confirmar mi sentencia, pidió el vino que hubiese en Sn. Franco. […] para celebrar el Santo Sacrificio.  Los pobres PP. que intercedían por mí se lo dieron; y al acabarlo de tomar confirmó su sentencia, y entonces fue quando se asignó para verdugo de mi persona (p. 64-65). 

Más que la muerte a duelo del oficial Zaldaña —suceso que recogen casi todos los historiadores— este episodio de careo entre asesino potencial y autoridad ultrajada explicaría la urgencia que motivó la desaparición y exilio de Castillo.  Según la leyenda, su vida acaba en el destierro, en la isla de Jamaica sin que hasta ahora se conozca el paradero de sus restos. 

III.  …A la búsqueda de lo popular

Sean ciertas o falsas, las numerosas denuncias modelan el imaginario conservador de la capital salvadoreña, al postergar todo nuevo intento independentista por un período de siete años (1814-1821) y al negar la idea misma de un “proceso emancipador”.  La visión más punzante la desarrolla el guatemalteco J. C. Pinto Soria (1986), quien arguye una tesis leninista muy cercana al “izquierdismo como enfermedad infantil” (Lenin, 1920,www.marx2mao.com/M2M(SP)/Lenin(SP)/LWC20s.html).  Una revuelta espontánea suscita un triunfo de la reacción y del enemigo —la alianza criollo-peninsular con el apoyo de ciertas etnias populares — en lugar de rematar el auge del movimiento independentista.  Habría no una sino dos tesis marxistas en conflicto (¿o más?). 

La razón agitadora que la izquierda salvadoreña celebra, la de Castillo en 1814, el guatemalteco la condena.  La espontaneidad lejos de definir una estrategia revolucionaria apoya al contrincante.  Con un neto giro borgeano, Castillo no sería el héroe de una gesta popular sino el traidor que da rienda suelta a instintos pueriles apresurados, ocasionando una reacción militar inclemente o “terror bustamantino” que retarda la independencia salvadoreña.  Una apreciación semejante la expresa Peccorini Letona en una cita precedente (nótese el acuerdo tácito de un reaccionario con los marxistas guatemaltecos).  “La efervescencia fue tan grande como fue imposible de organizar la revolución” (García, 1952, p. 269).

Como si esas acusaciones no bastasen, otra interpretación marxista alternativa refrendaría la tesis del guatemalteco Pinto Soria.  Esta disyuntiva historiográfica la ofrece el estudio sobre “la violencia colonial en Centroamérica y Chiapas” de su coterráneo Severo Martínez Peláez (Motines de indios, 1985).  Si fuese posible concebir correspondencias entre las revueltas independentistas y los motines de indios, 1814 en San Salvador marcaría quizás una fecha nodal de su intersección. 

Los motines no fueron accidentes del sistema, sino fenómenos consubstanciales al mismo, que lo conservaban [en el caso de 1814, por siete años más] en tanto que funcionaban como válvulas de escape del disgusto social y como avisos, previstos y hasta deseables, porque eran explosiones de descontento aisladas [en la capital sin apoyo de los otros partidos de la provincia salvadoreña] y por ende fácilmente controlables” (Martínez Peláez, 1985, p. 46). 

Según el capitán general, José Bustamante y Guerra, la previsible autoría intelectual de 1814 recae en “los padres Aguilar, agentes principales de las inquietudes de San Salvador”, “cuyo maligno influjo prepar[ó] al pueblo”, más que en Rodríguez y Castillo, autores materiales: “los que reunidos con otros […] tocaron las campanas” (Bustamante en Fernández, 1929, p. 81 y 105).  Peinado confirma el carácter previsible del motín al informar que “este movimiento del Pueblo, lo advertí y conocí desde principios de Diciembre”, a la vez que señala el apoyo militar entusiasta de casi “toda esta Prov[incia]” contra los revoltosos de la capital (Peinado, 1814, enPróceres, 1911, p. 108).

Si la demora y extinción de toda nueva lucha independentista capitalina verifica la idea de conservación del sistema colonial, el vaticinio de su ocurrencia lo rastrean los reportes del mismo capitán general y del intendente de San Salvador.  Otros elementos comunes a ambos alzamientos —“motines de indios” y revuelta de 1814— son: “iniciativa súbita” o espontánea, exaltación alcohólica, “ataque a la autoridad local” o regional, intento de asesinarla, “saqueo”, “brote de violencia de muy corta duración, “movilización masiva”, pero rápida dispersión de los congregados pese a la disparidad numérica entre pueblo insurrecto y ejército leal, etc. (p. 50, 56 y 63; este último rasgo coincide con la acusación de Marroquín a los criollos). 

Las cifras de participación más extremas las apunta el historiador salvadoreño Ramón López Jiménez: 4500-5000 amotinados y un pelotón de 25 soldados leales (1962, p. 58; “me vi rodeado de 1,000 hombres que pedían mi cabeza” Peinado, 1814, en Próceres, 1911, p. 108).  A ello se agrega que, según un declarante de los procesos de infidencia, a la población negra le atañe un papel anti-motín, como si el pueblo no combatiera a sus enemigos de clase, sino se hallara dividido en etnias en pugna (García, 1940, p. 22).

Pero, ante todo, lo que Martínez Peláez cuestiona es el concepto mismo de «“cabecilla”» el cual responde a “una elaboración de la autoridad colonial” —Peinado acusando a Castillo— más que a la dinámica misma del motín y de “las verdaderas causas del descontento” (p. 57).  “Las personas sindicadas como cabecillas [—Castillo entre ellas—] no lo fueron realmente, sino por obra de la eventualidad y la necesidad de los represores” (p. 58).  

En carta fechada ”Febro 24 de 1814”, Peinado confirma la tesis del historiador guatemalteco al atribuir los disturbios en Cojutepeque no a problemas sociales sino a asuntos personales de liderazgo: “las conexiones y parentesco de Rodríguez […] ó las de compañero Castillo qe. estubo algunos años avecindado en él, y aun fué Alce. Pedaneo” (Peinado en Tzunpame, 1941, p. 91-92). 

Por último elemento común, la citación de pueblos a última hora y la “corta duración” del motín implicarían que los planes independentistas existen sólo en el ideario político de ciertos próceres.  Las masas convocadas acuden ante el llamado de sus autoridades municipales sin proyecto revolucionario en mira.  Si “la ciudad estaba invadida por gente dispuesta al sacrificio”, se ignora la razón por la cual “la inactividad fue la muerte de la Revolución”.  El “grito de guerra” —“Castillo, activo y valiente pero mal táctico […] repi[cando] las campanas de la Parroquia”— no produjo resultado”: la anhelada insurrección popular (Durán, 1961, p. 93, 99 y 104). 

La inculpación a Arce que realiza Marroquín ignora que el carácter popular de la revuelta no responde a un ideario marxista moderno.  Obedece a la (des)organización netamente popular de los motines de indios tal cual los describe Martínez Paláez.  El motín no sería un acto político en sí, aislado de otras manifestaciones sociales complejas.  Como hecho holístico se hallaría más cercano a un carnaval bajtiniano que a una revolución en el sentido actual del término.  Sin un contenido festivo y cómico, la plaza pública exhibiría el rigor puritano de lo presente más que la mascarada popular del regocijo.

IV.  Término

De este breve repaso de las acciones de enero de 1814 y la presunta autoría de Castillo, queda como problema la manera tan distinta de construir el concepto de lo popular en un historiador salvadoreño como Marroquín y en sus colegas guatemaltecos como Pinto Soria y Martínez Paláez.  Si en El Salvador se imagina que un brote irreflexivo de rebeldía representa la política emancipadora popular, en Guatemala esta acción se vuelve sospechosa de traición, a la vez que se recubre de manifestaciones sociales festivas y de derroche las cuales opacan su objetivo liberador último.  

La rebeldía popular se hallaría más cerca del carnaval bajtiniano que de la revolución marxista o emancipadora iluminista que guía el estudio de Marroquín.  Entre los actos sociales que acompañan los motines como regocijo popular se hallan el saqueo, la inversión de roles políticos y sociales, las amenazas a quienes no participen, ofrecimiento de puestos, la embriaguez casi generalizada, la sexualidad patente o insinuada, al igual que el auge inmediato y la disolución rápida. 

Además, la espontaneidad misma del movimiento haría de la masa popular su propio líder, más que la presencia de cabecillas individuales como lo exige una visión occidental hegemónica.  De exhibir un desahogo popular inmediato, el dirigente no anticipa los hechos históricos sino los personaliza sobre la marcha, a posteriori, tal cual el propio Marroquín reseña los múltiples “brotes” insurreccionales, “sin plan estratégico”, durante los años de 1810-1811 (Marroquín, 1974, p. 60-63).  

Marroquín evacua toda división étnica popular y acalla la participación “negra” para acentuar la calidad mestiza, indo-hispana, del país.  Por su ideal que confunde raza y nación, la igualdad socio-económica se identifica con la desaparición de toda diferencia cultural, étnica y biológica.  “En la medida en que crece y se desarrolla la cultura mestiza, más se aproxima la era de su triunfo con el cual El Salvador llegará a ser una auténtica república […]de hombres libres [sin] limitaciones mezquinas del interés económico o desigualdades provocadas por la distinta pigmentación de la piel” (p. 105).  La emancipación sería un acto de unificación racial indo-hispano, antes que de orden estructural como lo pretende la teoría marxista clásica. 

IV.  1.  Castillo, entre héroe y traidor

Con esta doble caracterización —movimiento organizado por un dirigente vs. masa popular, espontánea y acéfala— no pretendo resolver una disputa teórica entre las izquierdas intelectuales centroamericanas.  Sólo anhelo situar los eventos de 1814 entre esos dos polos antagónicos y complementarios.  A la selección de datos que realiza Marroquín —revuelta de 1814 sin rasgos de motín festivo ni mención de “negros”— añado el carácter híbrido de su tesis.  Se halla a medio camino entre la organización dirigida y el arrebato espontáneo. 

Lo curioso de Castillo reside en la manera en que lo califican los “procesos de infidencia” como chivo expiatorio contra “quienes thodos hechan” y su antónimo, la canonización actual.  Su figura oscila entre traidor y héroe, el renegado por excelencia, y el canonizado tardíamente (García, 1940, p. 219).  En él los opuestos se reúnen, ya que sería el héroe de 1814 y el asesino potencial de Peinado, íntimo amigo del máximo prócer, José Matías Delgado (Molina y Morales, 1985, p. 101; sobre la defensa del intendente Peinado como liberal, véase: Fernández, 1919, p. 27,  Ismael G. Fuentes, 1927, p. 9-14 y García, 1939, p. 106, la cual la reitera Barón Castro.  La “ideología [de Delgado] debía estar […] más cerca del constitucionalismo de Peinado que de cualquier fórmula más radical” (1962, p. 179).  Nótese el doble contrasentido de la historia salvadoreña actual: el prócer supremo es amigo de la autoridad española que la independencia destituiría y el último sublevado su enemigo, el potencial asesino de su compañero). 

Castillo se corresponde con el intempestivo, el criminal de la autoridad local máxima, al igual que con el líder del último movimiento por la independencia en la capital salvadoreña.  Luego de su acción inoportuna, un letargo adormece a la provincia por “terror bustamantino”, según la interpretación hegemónica clásica, pero tal vez por simple sopor o desdén de la provincia ante todo cambio.  Quizás por llana indiferencia popular ante la autonomía, después de 1814 toda lucha por la independencia se disuelve en apatía (nótese la paradoja “entre 1813 y 1821 no hubo más rebeliones insurgentes”, pero “hubo proceso emancipador” y “culminación de la lucha revolucionaria”, Marroquín, 1974, p. 59, 77 y 78). 

Quizás…

Bibliografía

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Fidias Jiménez, Tomás.  “Algo sobre la ilustre figura del Ex–intendente de San Salvador Dr. Dn. José María Peinado y Pezonarte”.  Tzunpame.  Órgano de Publicidad del Museo Nacional de El Salvador, Año 1, Número 1, septiembre de 1941.  33-            35.  Este mismo número reproduce la correspondencia del intendente de San Salvador José María Peinado.  Incluye un total de dos documentos originales de Peinado (35-37) —su “renuncia [a] la diputación de Cadiz” y la “contestación a dicha renuncia”— así como sesenta y ocho “documentos relativos a los movimientos de la independencia”, también del mismo Peinado (35-141).  

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Rafael Lara-Martínez. Tecnológico de Nuevo México. Del equipo ContraPunto

 

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