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Noticias de El Salvador - ContraPunto

Octubre 25 / 2014

Reforma educativa masferreriana del martinato, 1933

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Rafael Lara-Martínez

Exhumar del olvido una reforma educativa que la actualidad reclamaría como “innovadora” por su contenido nacionalista y por recibir el auxilio unitario de “todos los intelectuales”, ahora canonizados como clásicos. 

 

DESDE COMALA SIEMPRE… Un artículo anterior, “Martínez masferreriano, 1933”, revela el apoyo que la mayoría de los intelectuales salvadoreños le otorga al general Maximiliano Hernández Martínez durante el despegue de su presidencia, a un año del etnocidio de 1932.  La fundación de una “política de la cultura” su gobierno la obtiene de autores renombrados que forman el “Grupo Masferrer”, así como de manera individual de Francisco Gavidia, escritor oficial de honor, y Salarrué, “espíritu dilecto”.  Participación conjunta en exhibiciones, conferencias, cruzadas pedagógicas y publicaciones oficiales fomenta la imagen de una presidencia que restaura un proyecto de nación.  Por la cultura, se trata de lograr “condición armónica del gobierno y la sociedad” (La República, Año I, no. 78, 22/febrero/1933). 

 

El apoyo intelectual justifica el uso del término “masferreriano” que La República.  Suplemento del Diario Oficial le atribuye a Martínez en 1933.  Ante “lo más destacado de nuestra intelectualidad […] prensa local […] y distintos miembros del Poder Ejecutivo” el propio “Grupo Masferrer” culmina el año con la celebración del “Día del Indio” en la capital organizando los Juegos Florales Centroamericanos (Año I, Nos. 312 y 319, 14 y 22/diciembre/1933: 4). 

 

Incluso, los actos promueven danzas indígenas “de Izalco y Nahuizalco” como manifestación de alto sentido “espiritual y artístico girando en torno del alma de la raza” (No. 319).  Un compromiso político irreconocido logra “la unificación de los intelectuales” alrededor de una temática nacionalista (Año I, No. 255, 7/octubre/1933)  Su festejo poético, plástico y musical propone el indigenismo como ámbito artístico de nueva política oficial. 

 

El calificativo “masferreriano” lo legitima también una amplia “reforma educativa” la cual se concentra en diseminar una cultura nacional por la lecto-escritura, alfabetización, bibliotecas populares, escuelas rurales de carácter práctico, cursos de extensión cultural, pláticas informativas para “proletarios” o “clase laborante”, uso de la radio para fines pedagógicos y culturales, mejoramiento de escuelas normales, etc.  La “obra de aliento” del “Supremo Gobierno” elevaría la condición escolar de “las clases pobres, trabajadoras, que entre nosotros representan la gran mayoría aborigen [indígena]” (Año I, No. 310, 12/diciembre/1933).  Estos “asomos de evolución cultural” brotarían de una “nacionalización de la escuela” (No. 255, 7/octubre/1933).

 

El objetivo de la presente nota consiste en exhumar del olvido una reforma educativa que la actualidad reclamaría como “innovadora” por su contenido nacionalista y por recibir el auxilio unitario de “todos los intelectuales”, ahora canonizados como clásicos.  Los dictados ideales de ese proyecto masferreriano por refundar la nación salvadoreña los describe la publicación oficial: La República.  Prosiguiendo una estricta secuencia mensual, un proyecto de investigación más amplio enumeraría la doctrina gubernamental por renovar la “educación popular” e instruir a la “masa proletaria” bajo preceptos estéticos de un nuevo arte nacional. 

 

El cuadro “Escuela bajo el amate” de Luis Alfredo Cáceres —pintor tan activo como José Mejía Vides, Miguel Ortiz Villacorta, etc. durante el despegue artístico del martinato en 1933— retrata en toda lucidez el proyecto de nación y su alto espíritu masferreriano por alfabetizar a las masas.  El ideario del martinato se inspira de “Leer y escribir” (1913/5) de Alberto Masferrer.   Asimismo, se hace efectivo el “minimum vital” masferreriano (1929) bajo el impulso de “viviendas baratas”, “reforma agraria”, turismo regional, cooperativismo y otras reformas. que promueve el mismo gobierno (véase: óleo “Reforma agraria” (1935) de Pedro Ángel Espinoza como exaltación de obra masferreriana del martinato en el Museo de Arte (Marte, www.marte.org.sv)). 

 

 

(Campesinos-indígenas salvadoreños nacionalizan su experiencia bajo dictado de lecto-escritura de los clásicos durante reforma educativa masferreriana del martinato.  De izquierda a derecha: Estrellas en el pozo (1934) de Carmen Brannon, Cuentos de cipotes (1945) de Salarrué, Leer y escribir (1913/5) de Alberto Masferrer, Fábulas (1945/1955) de León Sigüenza, Las voces del terruño (1929) de Francisco Miranda Ruano y Poesías (Jícaras tristes, 1936/1947) de Alfredo Espino.  Nótese conocimiento de obras canónicas antes de su publicación y título definitivo.  Igualmente, se revisten de función nacionalista, masferreriana y martiniana, obras “meta-políticas” juzgadas de “arte puro”). 

 

II

 

Al presente que se deleita en ofrecer “nuevas alternativas” culturales y educativas le convendría recordar.  Acaso propuestas renovadas en cultura y educación no anhelan sino retomar en el siglo XXI proyectos nacionalistas que, sin documentar, la historia en boga describe en contraposición al martinato: indigenismo y agenda de Masferrer.  No obstante, bibliografía encubierta del propio régimen demuestra que los primeros masferrerianos visualizan en Martínez “la apoteosis de Masferrer” (Año I, No. 228, 4/septiembre/1933).  El mandatario pone en práctica una política de alfabetización y de aplicación del minimum vital. 

 

Acaso ya sería hora de recobrar la memoria histórica para iniciar estudios de una reforma educativa olvidada: ¿la primera del siglo XX?  Habría que contrastar esta reforma pedagógica y política de la cultura la cual, contra Martínez, la actualidad propone como “muestra de cambio”, es decir, como re-volución o eterna repetición de lo mismo.  Pero, en 1933, “ante el problema social del proletariado” la propuesta masferreriana estatal anuncia “el mejoramiento de las masas laborantes” del campo y de la ciudad (La República, Año I, no. 67 y 92, 9/febrero-10/marzo/1933).  Todos los intelectuales consagrados por la actualidad prosiguen su llamado de “unidad nacional” para producir un arte y literatura comprometidos de refundación de la patria.  

 

Rafael Lara-Martínez. Tecnológico de Nuevo México. Académico e insvestigador, columnista de ContraPunto.

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