Estas visitando Archivo ContraPunto

Para ir a Diario Digital ContraPunto click AQUI

Facebook RSS Twitter

Noticias de El Salvador - ContraPunto

Abril 16 / 2014

Reflexión sobre el Estado: vuelta a los clásicos del marxismo

E-mail Imprimir PDF

Luis Armando González (*)

Gramsci nos acercó a una visión más compleja sobre la estructura del Estado y sus funciones SAN SALVADOR - En la sociología y la ciencia política el tema del Estado es uno de esos temas gruesos, que siempre desafía a la reflexión. Con la ola neoliberal de los años ochenta y noventa,  la discusión seria y rigurosa sobre el Estado fue dejada de lado en distintos ámbitos académicos, en los cuales se reflejaban las prácticas encaminadas a reducirlo (hacerlo más pequeño o eliminarlo) que se realizaban en el ámbito público.   

 

Pese a ello, el tema siempre siguió vivo, aunque fuera en lo márgenes de la discusión académica. Y, por supuesto, el Estado resistió, con desigual éxito, según los distintos países, la ofensiva neoliberal tendiente a desarticularlo e incluso a eliminarlo.  Ahora, en esta primera década del siglo XXI, el debate sobre el Estado vuelve a ponerse a la orden del día. Y lo hace retomando una tradición sociológica y política que se vio interrumpida no sólo por la ofensiva neoliberal de los años ochenta y noventa, sino por el derrumbe del muro de Berlín, la disolución del bloque del Este y el colapso de la URSS: la tradición marxista.

 

Se tiene que decir, ante todo, que en la obra de Karl Marx (1818-1883) se dibuja una aproximación al tema del Estado absolutamente moderna, es decir, una aproximación en la que se reconoce al Estado capitalista como una esfera autónoma (“relativamente autónoma”) de las otras esferas que integran un orden socio-histórico: la “esfera económica” y la “esfera ideológica” (que con justicia se puede entender como una “esfera cultural”).

 

La visión predominante anterior a Hegel –de procedencia contractualista— tendía a identificar Estado y sociedad: el contrato social era establecido por los individuos para formar un Estado, antes del cual no formaban cuerpo social alguno, sino que más bien estaban en una guerra de todos contra todos. En todo caso, si se aceptaba la existencia de un orden social distinto del Estado, el mismo era una creación ulterior de este último.

 

Marx, siguiendo a Hegel –como él mismo lo reconoce en distintos textos-- no acepta ni que la sociedad sea igual al Estado ni que este sea el creador de aquélla. Antes bien, sucede lo contrario: la “sociedad civil” (toma la expresión de Hegel), como ámbito de las relaciones familiares, la actividad práctica económica y el intercambio es históricamente anterior del Estado, siendo este último una derivación de los dinamismos que se generan en ella.  Estos dinamismos son los dinamismos de clase.

 

En la perspectiva de Marx, el Estado surge cuando se configuran las clases sociales (cuyo anclaje está en la base económica de la sociedad), una de las cuales –la dominante—necesita de él para mantener su dominio sobre las clases subordinadas.  El Estado, en este sentido, es un “instrumento” de dominación; un instrumento al servicio de la clase dominante.

 

Pero el Estado, en Marx, no es un todo uniforme, sino que consta de dos momentos: (a) el legal, formado por un corpus juridico-normativo mediante el cual se legaliza (y legitima) la desigualdad de clases existente en la esfera económica (y en el cual los desiguales aparecen como iguales);  y (b) el coercitivo, que entra en acción,  apelando a los recursos de fuerza que monopoliza el Estado, cuando la ley falla en su función de mantener resguardados los intereses de la clase dominante.

 

Así pues,  el Estado es una pieza fundamental en la dominación de una clase sobre el resto de la sociedad. También lo es la ideología, pues para Marx  –en la célebre definición ofrecida en la Ideología alemana la ideología dominante es la ideología de la clase dominante.

 

Por eso, la lucha contra esa dominación se libra, primero que todo, en contra del Estado y por su control, siendo esto último clave en un proceso de cambio revolucionario. En la visión de Marx, una de las vías posibles para hacerse del control del Estado es la vía democrático-electoral, pero ella se enmarca en la legalidad burguesa y, en consecuencia, está limitada por ella. Friedrich Engels, en su testamento político, hizo una apuesta por esta opción, abriendo las puertas al desarrollo de la socialdemocracia alemana. La otra vía, para Marx, es la revolucionaria, que supone el asalto violento del Estado por parte de la clase proletaria organizada en un partido comunista. Este asalto es necesario para que la clase en ascenso subordine el aparato estatal a sus propios fines.

 

En el caso de la clase proletaria, esta conquista del Estado tiene una finalidad última: conducirlo a su abolición definitiva, lo cual supone la abolición de la raíz económica de las divisiones de clase: la propiedad privada de los medios de producción.  En la fase socialista del proceso revolucionario la clase proletaria creará –mediante la “dictadura del proletariado”—las condiciones que permitan arribar al comunismo como la etapa más plena del desarrollo histórico de la humanidad, una etapa en las cual las clases sociales habrán desaparecido y, por consiguiente, el Estado será innecesario desde un punto de vista social, político y económico.

 

En resumen, Marx enfatizó la dimensión instrumental del Estado, lo cual fue un acierto, pues no podemos obviar la evidencia histórica que respalda el uso del Estado por parte de grupos de poder económico. Pero la visión de Marx es insuficiente, porque el Estado es, además de instrumento de dominación, otras muchas cosas.

 

Para el caso, Marx no prestó atención al peso del Estado en la configuración del orden social, sobre todo en lo que hace no sólo a su influencia normativa, sino a su influencia en las conductas, hábitos, estilos de comportamiento, valoraciones y creencias de hombres y mujeres que viven bajo su jurisdicción e incluso, en el caso de estados predominantes en el escenario mundial, fuera de ella.

 

No hay mejor ejemplo de esto último que el enorme peso que tuvo el Estado soviético en la configuración de las sociedades del bloque del Este, desde 1945 hasta 1989. O, la contrapartida occidental de un influjo semejante por parte de Estados Unidos, el cual en la actualidad se ha extendido –muchas veces mediante mecanismos de terror y violencia—,  por el mundo.      

 

Más cerca de nosotros, está el indiscutible influjo de los estados militarizados latinoamericanos –durante la mayor parte del siglo XX— sobre los hábitos, conductas y creencias de la gente.  Una cultura política autoritaria germinó y se desarrolló a partir de ese influjo, sin que hasta ahora haya podido ser contrarresta por una cultura política democrática.

 

En la tradición marxista, el autor que más se acercó a una comprensión del Estado como generador de cultura, y no sólo cómo un instrumento de dominación, fue Antonio Gramsci (1891-1937).  Cabe recordar que Lenín (1870-1924) continuó la línea de interpretación de Marx, es decir, la de entender al Estado como un instrumento de clase. Pero Gramsci tuvo al acierto de distanciarse de esta interpretación que era (y siguió siendo durante mucho tiempo) la predominante en los círculos marxistas.  

 

El filósofo italiano entendió al Estado como una instancia atravesada por una doble dimensión: el consenso y la coerción. En virtud de su capacidad para generar consenso, el Estado puede dotarse de legitimidad “convenciendo” a los ciudadanos y ciudadanas de que lo suyo es el “bien común” y el “interés general”.

 

Este convencimiento da estabilidad política a la sociedad y asegura el orden social, lo cual significa que el proyecto de la clase dominante es aceptado voluntariamente por las clases subordinadas.  Cuando esta capacidad de convencimiento, entonces entran en juego los mecanismos coercitivos del Estado, que ponen en evidencia una situación de crisis política. 

 

Gramsci nos acercó, de esta manera, a una visión más compleja sobre la estructura del Estado y sus funciones. Lamentablemente, la visión de Lenín –convertida en dogma de fe gracias a la labor de Stalin y sus hacedores de manuales— fue la que se impuso en el debate marxista prácticamente hasta la desaparición de la URSS. De esta manera, se impidió que la interpretación de Gramsci se abriera paso y marcara la pauta de la discusión teórica sobre el Estado.  De aquí que la recuperación de Gramsci sea uno de los desafíos más importantes en el debate marxista actual.

 

Pero no basta con retomar a Gramsci, para avanzar hacia aproximación teórica más rigurosa sobre el Estado. Para empezar, la interpretación del Estado como instrumento de clase debe ser revisada críticamente, para ponderar qué tan realista es suponer que el Estado sea un ente manipulable que puede ser usado por una clase para sus propios fines, o incluso que puede ser abolido por la voluntad colectiva en un determinado momento histórico. 

 

Hay que hacerse cargo de la realidad del Estado como un aparato burocrático no sólo capaz de mantenerse en el tiempo, sino capaz de crecer y acumular poder (normativo, institucional, simbólico y material)  si se lo deja a sus propia suerte, y ya no se diga si expresamente se impulsan prácticas políticas que lo hagan crecer y desarrollarse (tal como sucedió en la ex URSS, con el Estado de bienestar occidental y con los estados populistas latinoamericanos).  

 

Pocos ataques contra el Estado han sido tan feroces como los realizados por los reformadores neoliberales, que se propusieron, en su momento de más éxito (años ochenta y noventa del siglo XX), cumplir el sueño de Marx: abolir el Estado, no socializándolo –como quería el filósofo alemán—, sino privatizando sus empresas, funciones y servicios.

 

Pero el Estado resistió y siguió en pie. Y en estos momentos –en el marco de la actual crisis financiera mundial— se ha puesto en la mesa de discusión la necesidad de fortalecerlo, tanto en sus funciones económicas como en sus funciones sociales. Asimismo, por el lado latinoamericano, la resistencia al neoliberalismo de inicios del siglo XXI ha supuesto no sólo un protagonismo social, sino también un protagonismo estatal.

 

En definitiva, no se quiere decir aquí que el Estado sea una sustancia eterna e inamovible. Nada más se señala que el Estado tiene una enorme capacidad de mantenerse en el tiempo, cambiando, pero conservando su identidad fundamental. Una identidad que se ha forjado y cristalizado a lo largo de la historia de cada sociedad, lo cual convierte al Estado en una realidad resistente no a lo pequeños cambios (que se suceden regularmente), sino a las grandes transformaciones, que sobrevienen en el marco de transformaciones sociales, económicas y políticas más amplias… Y aún así, suelen quedar vestigios del Estado que ha sido demolido, tal como sucedió en la Rusia revolucionaria posterior a 1917 y sucede en la Rusia actual, una vez que, después de 1991, el socialismo real fue reemplazado por el capitalismo neoliberal.

 

En enfoque de sistemas se impone como recurso teórico para entender al Estado. Visto como un sistema, el Estado tiene una capacidad de autoreproducción propia de cualquier sistema. Cambia, pero se mantiene en su identidad. Y se desintegra totalmente, cuando ya no es capaz de autoreproducirse, o sea, cuando ya no es capaz de asimilar los recursos que el entorno le ofrece para ello.  Al suceder esto, un nuevo Estado (un nuevo sistema estatal) puede entrar en escena. Estas transformaciones sistémicas-estatales no han sido tan frecuentes en las sociedades conocidas, pero cuando se han dado las han marcado de manera indeleble, reencauzándolas por trayectorias distintas a las que habían seguido hasta entonces.

 

(*) Politólogo y columnista de ContraPunto    

Otros medios

Diario Cultural de El Salvador contrACultura

Portal de Audiovisuales ContraPuntoTV

Galería de Fotos ContraPuntoFoto

Archivo Digital Roque Dalton Roque Dalton